martes, 6 de febrero de 2007

Vuelve a ser primavera

Vuelve a ser primavera


Querido Maestro:

En la mañana desperté preocupada. El sonido del viento fue la causa de un sueño terrible que se convirtió en una constante pesadilla.

Traté de levantarme para cerrar la ventana, pero un aire violento me tumbó y la habitación se llenó de hojas secas que arañaron mi rostro.

Intuí que unas sombras me acechaban y busqué tu recuerdo, pero no podía sentir tu piel.

Un olor de otoño rancio impregnó mi garganta.

Saqué un brazo de las sábanas, alcancé a tientas un antiguo calendario que marcaba otro siglo, y coloqué la vida en primavera.

Cesó el viento, las hojas cayeron sobre la alfombra y la luz amaneció en mis ojos, que te buscaron, maestro.
Me incorporé despacio, desnuda, cansada.

Encontré la percha de madera que sostenía la vieja camiseta agujereada por el tiempo. Me empapé en su olor y caminé sola por el pasillo hasta llegar a la puerta. La abrí deprisa, buscando respuestas.

Una mujer sonreía con un gesto dulce en el descansillo.

— ¿Cómo estás, cariño? —me dijo, encontrando mis ojos.

— Vuelve a ser primavera —contesté confusa.

— Ya lo sé —replicó ella. Observé cuánto nos parecíamos.

— ¿Viste el Sol? —pregunté ilusionada.

— No, está nublado, pero tu mirada ya no está triste —concluyó sosegada.

La mujer entró en la casa y me dejó sola junto a las escaleras.
Agarrada a la barandilla cerré los ojos y respiré tranquila: estaba preparada para la próxima tempestad.

Me enseñaste que hay muchas hojas en el calendario, maestro. Sólo cuatro estaciones, pero siempre vuelve a ser primavera.

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