La lección del plebeyo
Había una vez...un rey que estaba aburrido y cansado de sus bufones y consejeros, de modo que comenzó a buscar la ansiada alegría en las afueras del palacio.
Se vistió con ropas comunes y salió a recorrer las calles. Muy observador, este rey trataba de captar todo lo que ocurría a su alrededor. Es así que se interna en callejuelas, tabernas y conversa con la plebe.
Ya casi desilusionado encuentra a una persona harapienta con un vaso de agua y un pedazo de pan como único sustento. Comienzan a conversar y encuentra en este plebeyo sabiduría por doquier. Es así que el rey, una vez que se da a conocer como tal, lo lleva al palacio dándole el rango de asesor. El monarca fascinado por sus modales y su forma de expresarse, muy rápidamente le asigna ropa, un cuarto confortable y un papel preponderante en sus decisiones.
Los bufones y demás consejeros al verse desplazados comienzan a urdir intrigas para poder expulsar a este "intruso". Pero todas las artimañas son desbaratadas por la ejemplar actitud de este señor. Es así, que buscan por todos los medios encontrarle un punto débil. Hasta que un día notaron que este plebeyo a las 5 de la tarde se recluía todos los días en un cuarto apartado del palacio. Los consejeros le hacen notar esto al rey diciéndole:
Pasan unos días y ante la insistencia, es que decide en persona ir hasta el otro lado del palacio. Se aproxima a la puerta y trata de escuchar las voces de los integrantes de la conjura, pero al notar que no se escucha nada decide abrir de improviso la puerta. Grande fue su sorpresa cuando lo ve vestido de nuevo con ropas harapientas, tomando su habitual merienda con su vaso de agua y el pan, en un cuarto desprovisto de muebles.
El rey sorprendido le pregunta por qué hace esto si no le falta nada, ni lujosas ropas, ni manjares, ni suntuoso mobiliario. A lo que el plebeyo le responde:
- "Para no olvidarme nunca de donde vengo, ni quien soy".
1 comentario:
Hay que tener siempre muy presente el lugar de donde venimos, el punto de partida por asi decirlo, sin embargo atarse al pasado como hace el protagonista de esta parabola es limitar nuestro inmediato futuro... tenerlo presente siempre, pero que no nos coarte.
Un saludo.
Azhaag
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